Archives

  • 2018-07
  • 2018-10
  • 2018-11
  • Por eso como lo documentaron Lexartza et

    2018-11-15

    Por eso, como lo documentaron Lexartza et al. (2013), las violencias feminicidas de las que huyen las centroamericanas se suman al uso que se hace de sus cuerpos como testimonio de la barbarie que puede ejercerse entre los bandos que se disputan un territorio. Tal y como contaba Diana, migrante hondureña en tránsito por México, entrevistada en 2013 en las vías del tren, en el estado de Veracruz, mientras miraba las fotografías que las madres caravaneras centroamericanas despliegan cada vez que visitan México: La demostración de fuerza que debe realizar un grupo sobre otro, desde su punto de vista, es explicativo del feminicidio. Parte de la tesis de que el cuerpo de las mujeres, en estos casos, funge como un lugar de escritura gamma-Secretase inhibitor IX partir del cual se da todo un despliegue de violencia. En las marcas inscritas en estos cuerpos los perpetradores hacen pública su capacidad de dominio irrestricto y totalitario sobre la localidad ante sus pares, ante la población local y ante los agentes de Estado, que son inermes o cómplices (Segato, citada en Berlanga, 2013). Podríamos decir que el feminicidio es una pauta normalizada en la perspectiva de estos sujetos, característica de una subjetividad sustentada en la narrativa de la masculinidad violenta que se viraliza en todo el sistema migratorio norte y centroamericano. Son estos hombres los que copan las estadísticas que Carcedo y otras han compilado sobre feminicidio en Centroamérica; una pandemia, que desde 2005 en El Salvador registra tasas mayores a las diez muertes por cada 100,000 mujeres. En Guatemala y Honduras emularon a los salvadoreños en 2007 y 2009, respectivamente. Hace poco más de una década, en estos países, y en los otros de la región, las tasas eran estables y notablemente inferiores (entre dos y cuatro por cada 100,000 mujeres, salvo El Salvador, con seis por 100,000 mujeres). Insistimos: la realidad las persigue perversamente, pues para concretar la fuga, para llegar a Estados Unidos, estas mujeres tienen que atravesar México, un territorio al que García y Tarrío (2008) llaman “país retén” y Anguiano (2011) propone considerar como “frontera vertical”. Así, las centroamericanas que huyen de violencias diversas se encuentran con otras igual de desgarradoras cuando viajan por tierra atravesando México, país frontera que inscribe en los cuerpos de las centroamericanas las violencias feminicidas, lo mismo cuando son atrapadas por la industria de la trata de personas que durante el trayecto, donde sufren todo tipo de vejaciones, entre las que destaca la violencia sexual.
    La violencia de Estado, gubernamentalidad de la muerte Mientras que la biopolítica, desde la perspectiva de Foucault (2006, 2009), nos habla de tecnologías de gubernamentalidad para el control de las poblaciones —las diferentes formas para gobernar la vida—, Mbembe propone una gubernamentalidad de la muerte en la que los sujetos no son solo “cuerpos máquina” a Oncogenes los que la disciplina y las tecnologías del control convierten en existencias uniformes útiles al capitalismo. En las sociedades del control necropolítico (Mbembe, 2011) las poblaciones, los sujetos, no son solo cuerpos máquina que se autovigilan y autocastigan para ser productivos, sino que, para la economía de guerra, del estado de excepción que gobierna mediante perversas relaciones de poder, los sujetos son, además de maquínicos, cuerpos desechables. Este necropoder opera en todo el globo, es decir, no es exclusivo de las periferias, sino que está presente en todos los continentes, en todos los países; pero tiene uno de sus rostros extremos y evidentes en las zonas de las que huyen, por los confines en los que intentan transitar y en los espacios-tiempos que habitan los migrantes y refugiados en todo el mundo (Mbembe, 2016). Así lo demuestra el testimonio de Susana, migrante salvadoreña “atorada” en México desde 2011 y recogido en una de las reuniones entre trabajadoras sexuales y madres caravaneras que buscan a sus hijas e hijos en el barrio capitalino de la Merced, en la Ciudad de México, en diciembre de 2015: